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20/12/2007

Colegios mixtos para nuestros hijos, por favor

Cuando por primera vez crucé el umbral que separa a los niños de los futuros hombres del mañana, es decir, cuando ingresé al colegio , y de pie en el patio, esa primera mañana gélida de abril, observando a otros niños como yo detenidos en el tiempo, mientras algunos un poco mayores correteaban  y se golpeaban y se caían y eran felices, esa inolvidable mañana, descubrí por un instante, que mis padres habían depositado mi futura niñez, pubertad y adolescencia en un depósito fijo conocido como colegio para hombres.

 

Hombres son los militares, caracho. Pelo corto, modales caballerescos pero aguerridos, siempre dispuestos a luchar por su colegio, por su ciudad, por la patria. Listos a levantar las piernas y golpear con las suelas de los zapatos el piso al vaivén de alguna marcha castrense, entonando con el pecho inflamado de orgullo, los himnos que nos identificarían en esos 11 años de patriotismo escolar. Éramos niños preparando su carácter para enrolarse en un futuro en las huestes defensoras de nuestros valores más sagrados: el territorio, la bandera, la patria.

 

Ese era nuestro colegio, esa era nuestra educación. Luego descubrimos que éramos todos hombres. Y también nos dimos cuenta que todos teníamos algún pariente, vecino o conocido que, con una sonrisa aterradoramente diáfana, nos enrostraba la categoría de su Alma Mater, en la que pasaba sus días, sus mañanas, y en la que pasaría también su niñez, pubertad y adolescencia: la categoría de colegio mixto.

 

¿Cómo cantarían los himnos militares las niñas?, me preguntaba. ¿Marcharían también como nosotros, con el aplomo del Gordo Cruz, el genocida de hormigas del colegio? ¿Les harían el famoso corte de pelo tajador? ¿Tendrían también que pelearse en el parque Reducto, chocarla para la salida, esperar a los del Bolívar para trompearse como el varón que uno es? Un mundo de elucubraciones se abría de repente, mientras en el salón de clases lo único que lográbamos ver eran pantalones, nucas rapadas, borradores de papa y niños jugando con niños.

 

A estas alturas, las experiencias que viví en mi colegio las atesoro con profunda nostalgia pero me pregunto si mi vida hubiera sido distinta estudiando en un colegio mixto, con niñas, luego mujeres, a mi alrededor. Este modelo de educación ha crecido de tal manera, que cada vez son más las escuelas mixtas y menos los colegios de hombres. Aunque sobreviven por un apego a la tradición, a la religiosidad de otros, al fantasma militar en algunos, a la terquedad e infranqueable obstinación de aquellos, pienso que van a desaparecer. En un futuro cercano, todos los niños estudiarán con niñas. Podrán socializar con ellas a edades muy tempranas y estarán preparados mejor para desarrollar sus habilidades y aptitudes conviviendo con el sexo opuesto, tal cual es en la vida real a la que saldrán tarde o temprano.

 

Ahora que recuerdo el umbral, el primer día de clases, la mañana mojada, pienso qué hubiera sido del Gordo Cruz si hubiera marchado al lado de una niña. Dime qué fue de ti, Gordo Cruz, genocida de hormigas, amigo del colegio, de la escuela, de la marcha de la vida. Dime que nuestra educación fue la mejor. Ah, claro, si pudieras retroceder el tiempo, sería distinto, claro. Educación mixta para todos, es cierto. Gracias, Gordo Cruz, por pensar en la educación de nuestros hijos.

20/12/2007 16:53 Autor: education. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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